La final de la Libertadores 2018 tenía que terminar en el Monumental. Pero la vuelta nunca se jugó allí: los incidentes en la previa, con el micro de Boca dañado camino al estadio, obligaron a suspender el partido no una, sino dos veces.
Durante días, nadie supo cuándo ni dónde se iba a jugar la final más importante de la historia. Hasta que la CONMEBOL tomó una decisión inédita: trasladar el encuentro a más de diez mil kilómetros, al Santiago Bernabéu de Madrid.
Una final entre River y Boca que empezó en Buenos Aires y terminó en Europa. Algo que parecía imposible.
Lo que pudo ser apenas un escándalo terminó siendo el escenario de una gesta. River se llevó a Madrid una final que había nacido en Núñez, y la cerró con la Copa en alto. La historia, a veces, elige los caminos más insólitos.
La primera fecha, el 24 de noviembre, quedó en la nada cuando la lluvia obligó a postergar todo. La segunda, al día siguiente, terminó con el micro de Boca atacado camino al Monumental y con los jugadores visitantes afectados por los gases. La imagen de un superclásico suspendido le dio la vuelta al mundo por todas las razones equivocadas.
La CONMEBOL barajó sedes y fechas durante días de pura incertidumbre, hasta anunciar que la definición se jugaría en Madrid el 9 de diciembre. Lo que parecía un papelón histórico terminó transformándose en una final inédita, disputada a más de diez mil kilómetros de donde había empezado, y coronada por una de las noches más felices en la vida de River.
Con el tiempo, aquella final errante se transformó en parte central del mito. Lo que arrancó como una vergüenza deportiva terminó siendo, paradójicamente, el marco de una de las conquistas más recordadas de la historia: la que obligó a River y a Boca a definir el campeón de América lejos de casa.
