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El cabezazo del Oso: el 1-1 que encendió la remontada

River perdía 1 a 0 con el gol de Benedetto y la final se le estaba escapando. Pero a los 68 minutos apareció Lucas Pratto, el Oso, para empujar dentro del área el rebote que dejó el arquero y poner el 1 a 1 que lo cambió todo.

Fue un gol de killer, de los que se hacen con el cuerpo y con las ganas, peleando cada centímetro. Pratto la mandó a guardar y corrió a festejarlo con una tribuna entera de hinchas que habían cruzado el océano para verlo.

Ese gol nos devolvió la vida. Sin el 1-1 del Oso, no había alargue ni había gloria.

A partir de ahí, la final cambió de dueño. El empate empujó el partido al alargue, y en esos treinta minutos eternos llegarían los goles que harían historia. Pero el primero, el que encendió la mecha, lo puso el Oso.

Lucas Pratto había llegado a River a comienzos de 2018 con la mochila pesada del goleador que tenía que aparecer en las noches grandes. Y no había noche más grande que esta. El Oso venía de jugar la ida en la Bombonera y sabía que la historia se escribía en los detalles, en animarse a ir a buscar la pelota ahí donde más duele, en el corazón del área rival.

Su gol no fue solo un empate: fue un mensaje. Le avisó a Boca que River no se iba a entregar y le devolvió la fe a una hinchada que, del otro lado del océano, ya empezaba a temer lo peor. Por eso, cada vez que se recuerda la consagración de Madrid, el nombre de Pratto aparece sin falta en la lista de los que la hicieron posible.

Hoy, a la distancia, aquel 1-1 se lee como el punto de quiebre exacto de la final. Si el partido se hubiera terminado en los noventa minutos, la historia sería otra muy distinta. El cabezazo del Oso estiró la noche hasta el alargue y le abrió la puerta a la leyenda que vino después.