Mientras el Bernabéu estallaba, hubo un hombre que caminó despacio hasta el centro del campo para hacer lo que había soñado toda su vida: levantar la Copa Libertadores. Leonardo Ponzio, el León, el capitán.
Ponzio no fue noticia por un gol, sino por estar en cada cruce, en cada pelota peleada en el mediocampo, ordenando a un equipo que no se quería romper. La experiencia del que ya lo había ganado todo, puesta al servicio de la noche más grande.
Hay capitanes que se miden por los goles y otros por cómo sostienen al equipo cuando todo tiembla. Ponzio fue de los segundos.
Cuando el árbitro pitó el final, fue él quien recibió el trofeo y lo levantó al cielo de Madrid. La foto del León con la Copa en alto quedó como una de las postales eternas de la gesta.
Leonardo Ponzio había llegado a River en 2007, se había ido y había vuelto, hasta convertirse en el símbolo del equipo que Marcelo Gallardo reconstruyó desde las cenizas del descenso. Nadie como él representaba ese hilo invisible que une al hincha con el plantel: el que estuvo en la B y el que terminó levantando la Copa Libertadores nada menos que en Europa.
En el alargue, con las piernas al límite, el León siguió cortando, distribuyendo y empujando a sus compañeros. No necesitó un gol para ser figura: su jerarquía estuvo en cada decisión y en cada pelota que ordenó cuando el partido era puro caos. Por eso la imagen del capitán con la Copa en alto no fue casualidad, fue pura justicia deportiva.
Su historia con River es la de la identificación total: pocas veces un capitán encarnó tanto el sentir de una hinchada. Levantar la Libertadores en Madrid fue, para él y para millones, el cierre perfecto de un ciclo que había empezado en el peor momento del club y terminó en lo más alto del continente.
